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Artistas: Alexandra McCormick (Colombia), Paula Massarutti (Argentina) y Alejandra Rincón (Colombia)

Fecha de apertura:miércoles 19 de octubre de 2011

Cierre:3 de noviembre de 2011

En El Parqueadero – Museo del Banco de la República – Calle 11 # 4-21 Bogotá, Colombia.

Banco de la República y  la Fundación Gilberto Alzate Avendaño

http://cooperativaguatemalteca.blogspot.com/

A fines de 2009, artistas del Centro de Investigaciones Artísticas, reunidos a partir de un taller del urbanista Teddy Cruz (EEUU-Guatemala) visitaron el territorio de la Villa 31 bis. Allí conocieron a los vecinos de la manzana 107, los últimos pobladores en apropiarse ilegalmente de una parte del territorio,  resistiendo los embates de la policía.

Una tarde de extenuante calor, llegamos a la villa por primera vez, nos encontramos con Liliana Da Silva, una vecina del lugar que nos llevó hasta la manzana 107. Una vez allí, sobre las vías de un ferrocarril que ya no circula, los pobladores de la 107 nos cedieron sus asientos de tachos de pintura e improvisaron un toldo de nylon para paliar el sol, dispuestos a compartir sus historias de vida.

- ¿y ustedes cómo nos van a ayudar con su arte?, dijo Bernardo.
A partir de entonces, se creó el grupo Cooperativa Guatemalteca con la misión de responder a esta pregunta y desde hace dos años se reúne y genera prácticas para vincularse, involucrarse y adentrarse en la realidad de la villa, mas allá de la visión estereotipada que presentan los medios de comunicación.
El grupo es también un canal de información que a través de experiencias e intervenciones artísticas,  convierte en acto la utopía de cambiar la realidad.
 
Integran este colectivo de artistas Eduardo Alcón Quintanilla, Laura Códega, Leopoldo Estol, Renata Lozupone y Paula Massarutti. En cada una de las experiencias que realizan participan y colaboran un gran númeroso de personas.

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“Todo lenguaje, sin excluir al de la libertad, termina por convertirse en una cárcel; y hay un punto en el que la velocidad se confunde con la inmovilidad.”
Octavio Paz

¿Quién escribe una crítica? ¿Según qué principios? ¿Con qué objetivos? ¿Para demostrar qué? ¿Quién la difunde? ¿Dónde? ¿Para qué público, qué lectores? Estas son algunas de las preguntas que surgen al pretender posicionar estratégicamente una idea. De un tiempo a esta parte se ha confundido pesimismo con sofisticación o rigor intelectual, entonces, ¿no resulta un poco absurdo pensar una crítica desde la mera queja?
¿Se puede hacer una crítica desde el punto de vista de alguien que solo expecta sin haber sido espectador? Sí claro, que se puede, pero se corre un riesgo: tener una visión bastante simplificada del asunto. A no ser que la única meta sea demostrar alguna tesis sin ponerla a prueba.
¿Desde dónde se podría escribir una crítica más justa?
Según el Diccionario de uso del español de María Moliner:
Expect: forma de la raíz latina que significa esperar.
Expectativa: situación de alguien que espera obtener una cosa, por ejemplo una herencia o un empleo.”
p.1256

En el caso del arte, ¿es posible medir el éxito de una exposición por la cantidad de sujetos que fueron a visitarla? Pensar en esto, es como la ingenuidad de creer que una obra pudiera acabar, en el momento en que el espectador se retira de la sala. Es aquí donde nos estamos olvidando de una variable muy importante: el tiempo. Por más que queramos, salvo que invoquemos al oráculo, no podemos asegurar el futuro simbólico y económico de una producción artística. ¿Es posible saber dónde termina el arte?

Comprendo la necesidad de seguir avalando una lectura hegemónica de la realidad. En la antigüedad los apóstoles de la razón pura comulgaban con la mitología que creaban, y luego la reproducían a la fuerza cuando enseñaban, redactan artículos, transmitiendo, escribiendo y publicando las fábulas que, de tanto repetirlas, se volvían verdades y palabras sagradas sin ponerlas en duda ni una sola vez. Junto a Michel Onfray me pregunto:
“¿Por qué limar las asperezas y obligar a lo diverso a convertirse en formas que sirvan para reprimir la vitalidad de los pensamientos a fin de adoptar un único discurso autorizado?”

Por último, parecería que el contexto es algo ajeno a nosotros; que depende de otro, pero en sí, el contexto es el conjunto de circunstancias en las que estamos inmersos. Entonces, por un lado el contexto es y por otro se hace. Y es por eso que nosotros, un pequeño grupo de artistas sudamericanos “emergentes”: no esperamos, construimos, no un puente, si-no un espacio. Porque creamos un contexto en el que son posibles lo simple y lo difícil.

Paula Massarutti
26 de abril de 2011

Referencias:
Moliner María, (1998). Diccionario de uso del español. (2 ed.). Madrid: Gredos.
Onfray Michel, (2008). La potencia del existir. Manifiesto hedonista. Buenos Aires: Flor.
Paz, Octavio, (1964). El Caracol y la Sirena, Cuadrivio. México: Joaquín Mortiz.

Respuesta al artículo y al resto de los comentarios de la crítica en A-Desk

http://www.a-desk.org/spip/spip.php?article928

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Balancearse sobre la tela de la araña
Sobre la muestra Superficies de conspiración, de Walter Andrade, Patricio Gil Flood, Paula Massarutti y Paulina Silva Hauyon.

¿Es posible conspirar en la superficie? ¿Acaso la conspiración no supone condiciones subterráneas? ¿O será lo confabulado a plena luz del día aquello que corre menor riesgo de ser descubierto? Toda superficie es sospechable pues toda superficie oculta algo. Para la noble tarea de la conspiración hace falta un grupo de personas, los conspiradores. Éstas esmeradas arañas, autoconvocados en recónditos lugares, tejerán con argucia y pericia técnica estrategias en pos de capturar lo anhelado, y esos lineamientos delgados y en el borde de lo invisible, suspendidos en el aire, insinuando su estructura perfecta, siempre serán frágiles. Reconozcámoslo: lo atractivo de una conspiración es que esa fragilidad, si es impecable, una vez puesta en práctica puede hacer tambalear hasta el derrumbe al gigante más poderoso.

Quizás el ejemplo más sublime de conspiración que ha dado el siglo XX es el de Philippe Petit, el extraordinario funambulista que en 1974, tras seis años de pergeñar con sus cómplices el ambicioso operativo, unió las Torres Gemelas de Nueva York con una cuerda y caminó en delicado equilibrio sobre ella, atravesando varias veces el vacío entre los ursos arquitectónicos. Ante la visión de un hombre deslizándose grácil y tranquilamente por la cuerda floja a 409 metros de altura, en una actitud que no dejaba entrever ningún esfuerzo sino puro placer, cientos de atónitos espectadores involuntarios cayeron presos de la extrañeza. No sabían si se trataba de un pájaro, de un loco ó de ambas cosas. La gratuidad absoluta del acto, el absurdo de una obsesión llevada a su extremo y condensada en unos pocos minutos de plena poesía convertía a la situación en un evento excepcional e inolvidable. Un acto frágil y preciso grabado para siempre en la memoria de una ciudad.

Herederos indirectos del gesto de Philippe y su equipo, cuatro artistas – o cuatro conspiradores – se encuentran hoy para llevar a cabo, cada cual a su modo, el atentado a la imagen y a la palabra.

Walter Andrade cala artesanalmente una guirnalda de papel que deletrea una promesa: “Este momento nos mantendrá juntos por siempre”. La vida útil de esta promesa se ajusta a la duración de la guirnalda. Pensemos en una fiesta y será fácil visualizar el lento devenir de las guirnaldas: primero rozagantes y dibujando curvas firmes desde el techo, horas después desprendidas por partes, rompiéndose y ajándose en el ajetreo y, por último, tiradas en el suelo, pisoteadas ó pendiendo titubeantes de una chinche. Triste imagen del fin de fiesta. Melancolía de comprobar una vez más que los sentimientos y las cosas tienen fin. La obra que Andrade nos presenta, una promesa curva confeccionada amorosamente con hilo y papel, es esa sonrisa que se vuelve tiesa, en un rictus de felicidad forzada, al posar para una foto durante demasiado tiempo. Pocas veces tomamos conciencia de la eternidad como en esos segundos de pose frente a la cámara. Y un poquito de espanto se nos cuela entre los dientes. Pero ahí estamos y ahí seguiremos estando, sonriendo estoicos como la primera vez, por los siglos de los siglos, durante cada segundo de la eternidad.

Toda la información escrita fue anulada en las portadas de vinilos de Patricio Gil Flood. Una capa de tinta negra silencia los datos para que el protagonismo recaiga en la imagen. Así, la imagen se convierte en algo para descifrar, un secreto que nos interpela impasible y desafiante desde su mutismo. ¿Qué hay detrás de la imagen? ¿Qué hay adentro de la imagen? La superficie que antes informaba y anunciaba, ahora oculta. Intuimos que hay música encerrada en los sobres porque el tocadiscos está cerca, listo para entrar en acción. Pero ¿si se tratara de una trampa? ¿Si adentro no hubiese nada? ¿Si nos esperara, en lugar de la sorpresa y el sonido, un sobre vacío lleno de silencio? Si es así, nos preguntaremos por qué la imagen no fue suficiente, por qué tuvimos que buscar más allá de las montañas cobrizas. La desilusión es el lado B de la ilusión, no lo olvidemos. En cualquier caso, la banda sonora es una posibilidad y convertirnos en actores de la película será sólo cuestión de fe.

Hollywood siempre estuvo cerca. Penetró en nuestro living, en el dormitorio y en la cocina a través de los rayos catódicos. Paradójicamente, Hollywood no deja de estar lejos, en otra galaxia, orientando nuestras fantasías muy al norte. El monte Olimpo hace rato se ha mudado a Los Ángeles y tiene cartelera. Inconfundible tipografía del paraíso en la tierra. Maurizio Cattelan entendió muy bien que el paraíso es un fenómeno democratizable cuando replicó la cartelera en Palermo, Italia. En este gesto paródico y provocativo se agazapa el sabor amargo de la desilusión. Recordemos épocas navideñas, cuando pululan cientos de Papás Noel por las calles y comercios, algunos medio zaparrastrosos, otros demasiado flacos, y en esa galería de espejos deformantes el original se debilita y pierde crédito. La omnipresencia, vuelta visible, se transforma en un mal chiste. Paula Massarutti, suspicazmente, toma la fotografía de la instalación de Cattelan, borra el paisaje, se queda con la dichosa palabra y la espeja en negro sobre negro, con un sutil contraste marcado por la diferencia de brillo. Al invertir la palabra muestra su lado siniestro y nos recuerda que toda lectura es doble. Si la fuga es hacia el pasado, la promesa, desprovista de futuro, se desmorona. La otra cara del paraíso es su réplica ensombrecida.

Que el sol ilumina es una obviedad. La luz revela la fisonomía de las cosas, las texturas, los volúmenes, los colores. Pero el mismo sol, a distancia de Ícaro, enceguece y derrite. En la fotografía de Paulina Silva Hauyon hay un sol sobre un rostro. Un rostro-sol. ¿Qué originó el destello? Esto nos inquieta. Arrojar luz sobre el misterio parece ser una frase inadecuada en este caso. El misterio aquí es el exceso de luz. Ensayemos hipótesis: podría tratarse de alguien cuyo rostro, en el instante de ser eternizado, se transforma en pura luz inasible. O tal vez este rostro dispara un flash para retratarnos mientras intentamos apresarlo. ¿Es la cámara un arma que dispara luz? ¿O es el rostro ajeno un arma refulgente que nos vuelve ciegos? No lo sabemos. Lo que sí comprobamos es que este destello anula las facciones. Si brillas demasiado me encandilarás y no sabré nada de ti, podríamos decirle a cada estrella de rock, a cada estrella de cine sumergida en el anonimato de su fama.

Philippe Petit jamás imaginó que su atentado artístico se convertiría paradójicamente en una profecía: 27 años después, un atentado de otro calibre acabaría con las Torres Gemelas en un disparo certero al corazón del poder. En el arte, los disparos no cobran víctimas, pero son capaces de cambiar radicalmente el paisaje.

Walter Andrade, Patricio Gil Flood, Paula Massarutti y Paulina Silva Hauyon exploran las aristas de la ilusión, el ocultamiento y la paradoja. Las armas que cada uno elige son distintas pero confluyen y se interceptan en una misma sintonía. Y, como los espejismos en el desierto, en su conspiración poética el objeto del deseo se escabulle y resbala en la superficie para llevarnos todavía más lejos.

Verónica Gómez
Buenos Aires, 1 de marzo de 2011

http://www.dieecke.cl/

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